QAMASA Digital.- Cuando uno recorre la costa chilena hacia el sur, cualquier persona mínimamente interesada en la cultura y la literatura debería visitar la casa del poeta nacional y premio Nobel Pablo Neruda. Y si alguien es escritor y vive en Sudamérica, como es mi caso, esta visita es casi ineludible, incluso una especie de deber sagrado.
Además, deseo mencionar que, en 1999, nuestro grupo de teatro Ojo Morado llevó a escena una versión teatral de su poemario |. En aquella obra se representaba no solo la historia y la búsqueda por justicia y libertad de los pueblos americanos, sino también las luchas internas del autor y la persecución política que sufrió por sus convicciones políticas.
Ricardo Eliécer Neftalí Reyes, su nombre civil, nació el 12 de julio de 1904 en Parral. Se cree que eligió su nombre artístico inspirado en el escritor checo Jan Neruda, cuyos textos de crítica social influyeron en su propia obra. Al menos durante los primeros años, el estudiante de pedagogía y de francés utilizó el seudónimo para ocultar su trabajo literario a su padre, quien lo desaprobaba.
En 1927 comenzó su carrera diplomática, que lo llevó a recorrer grandes partes del mundo: Rangún, Colombo, Singapur, Buenos Aires y Madrid. Allí, en 1934, entabló amistad con el poeta español Federico García Lorca, a quien ya había conocido en Argentina. Durante la guerra civil española, iniciada en 1936, Neruda apoyó abiertamente a los republicanos. García Lorca fue asesinado y el poeta chileno tuvo que escapar del asediado Madrid.
Desde París, sin embargo, continuó apoyando a los antifascistas españoles y, de manera consecuente, sus textos se volvieron cada vez más políticos. Su poemario “España en el corazón” y la antología “Los poetas del mundo defienden al pueblo español” dan cuenta de ello. Pero no se quedó solo en palabras: tras la derrota de los republicanos en 1939 organizó el viaje de 2.000 refugiados españoles al exilio chileno a bordo del barco “Winnipeg”.
En 1945 fue elegido senador por el Partido Comunista de Chile, pero debido a sus críticas al gobierno pronto tuvo que pasar a la clandestinidad. En sus recónditos refugios –que debía cambiar constantemente porque la policía lo buscaba sin tregua– escribió el ya mencionado y célebre Canto General.
Finalmente huyó por los Andes hacia Argentina y, con la ayuda de Pablo Picasso, logró nuevamente refugiarse en París.
En 1952 se le permitió regresar a Chile. Compró la casa de Isla Negra y su vida se volvió un poco más tranquila, aunque continuó participando en congresos y eventos literarios y políticos en numerosos países del mundo. A partir de 1970, sin embargo, los acontecimientos volvieron a acelerarse: su amigo de ideas socialistas, Salvador Allende, ganó las elecciones y él mismo fue nombrado embajador en París. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Durante un tratamiento médico en su país fue sorprendido por el golpe de Estado del general derechista Augusto Pinochet. Murió el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile, apenas doce días después de la brutal toma del poder por los militares.
En aquel tiempo padecía cáncer de próstata, pero algunos de sus amigos afirmaron que murió de tristeza. Además, hasta hoy persiste el rumor de que habría sido envenenado por agentes de la dictadura militar.
Volvamos, sin embargo, a su casa de Isla Negra, que, con sus torrecillas, miradores y diversas ampliaciones, se levanta entre una exuberante vegetación y árboles, justo sobre el mar. “Neruda fue toda su vida un apasionado coleccionista de objetos insólitos: máquinas de vapor, mascarones de proa, maquetas de barcos, imágenes de la Virgen María, máscaras exóticas, piezas de vidrio de colores, mapas antiguos y mucho más.
Para albergar todas estas cosas tenía que añadir una y otra vez nuevas ampliaciones a su casa, lo que le dio su particular apariencia. De esta manera, convirtió su casa en un museo ya en vida, pues sus colecciones crecían sin cesar”, escribí en mi diario de viajes después de visitar el museo que hoy en día alberga la casa.
Se decía que, para este propósito, tenía contratado de manera permanente a un albañil, así como otros tienen cocineros o jardineros, pues continuamente había que derribar muros, levantar paredes nuevas e instalar ventanas y puertas. Para ello utilizaba con frecuencia piezas provenientes de casas demolidas o de barcos en desuso: incluso un ojo de buey puede verse en uno de los laterales de la casa. En medio de este encantador desorden, recibía visitas, escribía, comía y dormía, siempre con la mirada puesta en el mar, que amó sobre todas las cosas y al que dedicó innumerables poemas.
Aunque Pablo Neruda fue frecuentemente criticado por sus detractores como un “comunista de salón” y un mujeriego que vivía cómodamente como diplomático mientras otros morían por sus ideales, sigue siendo hasta hoy una figura admirada y respetada en amplios círculos literarios y de izquierda.
Versos de sus poemas, su rostro y el de su última esposa, Matilde Urrutia, aparecen en numerosos murales de las grandes ciudades latinoamericanas, y películas como El cartero o Neruda relatan partes y episodios de su vida aventurera. Como puede verse, Pablo Neruda está más vivo que nunca.

