El fin de los «clubes de amigos»: Por qué la urgencia de un liderazgo femenino en nuestras instituciones
Por: Tatiana B. Ramos Borda, Antropóloga
El folklore es, por definición, la expresión del pueblo. Sin embargo, al entrar en las oficinas de las Federaciones y Asociaciones folklóricas, el panorama cambia: el «pueblo» parece estar compuesto únicamente por hombres. Es hora de dejar de maquillar la realidad con trajes deslumbrantes y admitir que nuestras estructuras folklóricas siguen siendo estructuras construidas sobre principios patriarcales que ya no deberían tener espacio en pleno siglo XXI. Es una contradicción violenta. Se admira a la mujer en la danza, la aplaudimos por su destreza, pero en cuanto ella intenta cruzar la puerta de la asamblea para ser parte y tomar el mando, el sistema la rechaza. El machismo cultural ha decidido que la mujer es buena para la estética, pero «incapaz» para participar de la política folklórica. ¿Cómo es posible que las mujeres hagan todo el trabajo difícil para que la fiesta salga bien, pero no las dejen mandar ni decidir nada?
Es falso celebrar en este espacio del folklore, mientras se excluye a las mujeres de su dirección Pero, si somos claros, detrás de las fiestas folklóricas que se realizan durante todo el año en Bolivia y particularmente en el departamento de La Paz, evento coordinado y organizado por instituciones departamentales, municipales y nacionales en el que se refleja en el colorido de las costumbres, tradición, religiosidad y la música, donde las organizaciones folklóricas expresadas en asociaciones y federaciones han funcionado por años como «clubes de amigos» donde las mujeres han sido las grandes ausentes en la toma de decisiones. En estas instituciones, que actúan como organizadores de las festividades, es valiosa la presencia de mujeres como delegadas en representación de sus asociaciones o fraternidades, aportando una visión técnica y operativa que hoy se desperdicia. Se ha avanzado, sí, pero el machismo que heredamos de nuestros abuelos sigue siendo el principal freno para nuestras tradiciones. Históricamente, nos acostumbramos a ver a la mujer como la figura central de la danza, la que luce el traje más lindo, a la guía o reina de fraternidad, o la dirigente que organiza la comida detrás de un evento social de la institución. Pero, ¿qué pasa cuando esa misma mujer quiere ser la presidenta de una federación o asociación folklórica, o en su caso es la que maneja los fondos de una institución folklórica?
Ahí es donde aparecen las pretextos del «machismo cultural». En la práctica, observamos una realidad excluyente que otorga, en el mejor de los casos, un poder a medias: las mujeres suelen llegar solo a cargos de vicepresidenta, secretaria de actas, de organización o vocal, puestos que muchas veces se utilizan simplemente para rellenar las directivas de las federaciones y asociaciones, además de cumplir con una apariencia de inclusión. Es un mando de fachada donde se les permite el título, pero se les veta la influencia; del poder de decisión real, del manejo económico y la representación política siguen blindados para el círculo masculino. Todavía se escucha en las asambleas de estas instituciones delegados y directivos con expresiones como «no va a tener tiempo por sus hijos» o «es muy emocional para negociar». Lo que nadie dice es que, mientras los hombres se quedan hasta tarde en reuniones brindando para la toma de decisiones y cerrar acuerdos, las mujeres —en su rol de delegadas— están proponiendo planes de trabajo, transparencia y seguridad en la gestión administrativa y económica. No es que no tengan tiempo; es que el sistema está hecho por y para hombres.
A esto se suma el peso de las generaciones. La «vieja guardia» de dirigentes que se resisten a soltar el poder. Para muchos de ellos, el mando es una cuestión de jerarquía rígida y voces autoritarias, mientras que las nuevas líderes apuestan por el diálogo y el trabajo en equipo. Ese choque generacional es peligroso: si el folklore no se moderniza y no incluye a las mujeres en el mando coordinador de estas instituciones folklóricas que aglutinan a otras instituciones, corre el riesgo de quedarse estancado en el pasado. Cuando una mujer se atreve a postularse para una presidencia en una institución folklórica para representar a su asociación o fraternidad como delegada ante la sus instituciones matrices, el juicio es implacable. Se le cuestiona si podrá con la casa y el cargo, una pregunta que jamás se le hace a un hombre. Se le tilda de «problemática» si exige cuentas claras o de «débil» si prefiere el diálogo al grito. Esto no es protección de la identidad, es miedo a perder el privilegio del mando masculino.
No podemos seguir permitiendo que nuestras instituciones folklóricas sean museos de un machismo que la sociedad ya está superando. El liderazgo femenino no es una moda ni una concesión amable de los actuales dirigentes; es un derecho ganado a pulso. Una institución dentro el folklore y dirigida por una mujer suele ser sinónimo de transparencia, de seguridad para sus afiliados y de una visión que piensa en la formación de las próximas generaciones, no solo en el ego del presidente de turno. La realidad es clara: las organizaciones que hoy tienen mujeres a la cabeza o delegadas activas en la coordinación de las festividades son más organizadas, más transparentes y más seguras. No es un favor que se les hace, es una necesidad estratégica. Cuando una mujer lidera, las niñas ven estas instituciones folklóricas particulares en su organización tradicional en pos de lo moderno, ven que su futuro no se limita a ser «la reina» de un año, sino que pueden ser las arquitectas de su cultura.
Ya es hora de entender que el liderazgo no tiene género. Defender la tradición no significa defender el machismo,para que nuestro folklore siga creciendo, necesitamos jubilar al dirigente autoritario y darle paso a la gestión nueva e inteligente, sin importar si quien firma el acta es un hombre o una mujer. Al final, lo que importa es que la fiesta brille y que la institución sea grande y reconocida dentro la sociedad. Ya basta de usar la «tradición» como escudo para proteger el machismo. Si el folklore es parte de la vida, debe evolucionar. Necesitamos federaciones y asociaciones folklóricas que funcionen como entes coordinadores modernos, donde el poder circule y donde el mérito pese más que el género. Sin la voluntad de jubilar estas estructuras patriarcales, nuestra cultura corre el riesgo de quedar hueca, manteniendo las formas externas mientras su integridad institucional se descompone por la exclusión. Nuestra identidad colectiva debe ser un espacio de participación real y justicia; porque, al final, el folklore debe ser libertad, no un recordatorio de quién manda sobre quién(PERIÓDICO QAMASA).
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