(SDLR/PERIÓDICO QAMASA)
Mientras la intransigencia política y los bloqueos asfixian Bolivia, la festividad del Gran Poder se alza no como un botín de guerra, sino como el escudo definitivo de nuestra soberanía cultural.
Postergar la Entrada Folklórica no efue un acto de debilidad; sino es la respuesta madura de un pueblo que se niega a dejar que secuestren sus danzas, su fe, tradiciónes, costumbres y su folklore patrimonial innato.
Es inaceptable que la intolerancia y los intereses particulares de los sectores en conflicto sin una postura clara, pretendan seguir tomando como rehén a la mayor manifestación devocional y cultural de Bolivia: como es la Festividad del Señor Jesús del Gran Poder.
Mientras las carreteras, avenidas y calles del país se tiñen de disputas y bloqueos que fracturan la convivencia entre bolivianos, nuestra máxima celebración paceña sufre los daños colaterales de una crisis política totalmente ajena a su esencia.
La suspensión definitiva de la Entrada Folklórica, como se llegó a temer, habría sido una catástrofe irreversible para nuestra identidad y economía.
Por ello, la postergación decidida por la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder (ACFGP) no debe interpretarse bajo ninguna.circunstancia como una muestra de repliegue o debilidad., sino que al contrario, representa un escudo técnico y humano frente a la intransigencia que hoy amenaza con asfixiar a la ciudad de La Paz.
Detrás del brillo de un traje de moreno, del vigor de un caporal, de la tradición de un siku o del estruendo de las bandas, no existe un cálculo político, solo hay fe, devoción y el sacrificio de miles de fraternos.
Hablamos de las Fraternidades, dirigidas por sus fundadores, Pasantes y fraternos que ensayan durante varios meses bajo el exigente clima paceño, quienes invirten sus ahorros con orgullo, que genera un proceso donde también se tejen redes de profunda hermandad. Por tanto, la frustración de los folkloristas ante la incertidumbre vivida semanas atrás es completamente legítima. Es doloroso ver que el sudor, la promesa al «Tata» y el esfuerzo de todo un año queden en el aire debido a la incapacidad de los sectores en conflicto para resolver sus demandas, negándose a dar una tregua a la cultura del pueblo.
Frente a quienes agitan maliciosamente el fantasma de la pérdida del título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad otorgado por la UNESCO, para ejercer presión política, la respuesta institucional debe ser contundente. La fiesta nació en Chijini, uno de los barrios más populares de la sede de gobierno, consolidándose como un espacio de encuentro devocional, cultural y comercial de alcance internacional. Su historia es de fe e integración, nunca fue un campo de batalla para la polarización.
Quienes bloquean el libre tránsito y la paz social deben entender que no solo asfixian la economía, sino que atentan directamente contra el alma de nuestra urbe.
Reprogramar la festividad es un acto de profunda madurez institucional y, sobre todo, una defensa férrea de nuestra soberanía cultural. Cuidar el Gran Poder es blindar la riqueza inmaterial de Bolivia frente al oportunismo; es recordarles a propios y extraños que nuestro patrimonio no se negocia, no se extingue por coyunturas y se defiende con orgullo ante cualquier intento de desestabilización. Proteger esta fiesta es también asumir el deber sagrado de salvaguardar nuestras danzas y el folklore boliviano innato, expresiones únicas nacidas de nuestras raíces que nadie tiene derecho a ultrajar ni mercantilizar políticamente. De este modo se garantizará que, cuando las polleras, las matracas, los sikus y los bronces vuelvan a adueñarse de las calles —desde la zona del Cementerio hasta la zona de Miraflores al otro extremo de la ciudad —, lo hagan con la dignidad, de la herencia viva y con la seguridad que los devotos merecen.
La fe, nuestras danzas y el patrimonio del Gran Poder son, y serán siempre, monumentos vivos más fuertes que cualquier tipo de tensión social.
