QAMASA Digital.- El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. El cine boliviano, también. Las grandes falencias de nuestra cinematografía se repiten una y otra vez, como advertía Marx que pasaba con la historia: a veces como tragedia, a veces como farsa. Los guiones siguen siendo el gran hándicap. “La casa del sur”, opera prima de Carina Oroza y Ramiro Fierro, no escapa de la “maldición”.
Oroza llega de la dirección de arte y Fierro, de la producción de sonido. Su película se (re)estrena cinco años después de su facturación. Es el último fruto del programa Ibermedia y del famoso/añorado PIU del Ministerio de Planificación del Desarrollo del gobierno de Evo Morales. Tuvo un pre-estreno en octubre de 2021 y luego esperó por mejores momentos.
“La casa del sur” naufraga en un extraño cruce de géneros: arranca como comedia regionalista chapaca al más puro estilo Rodrigo Ayala Bluske (con los inevitables chistes y estereotipos tarijeños: el dueño del restaurante, el encargado de la terminal); continúa con una versión boliviana de “Como agua para chocolate” (con descripción de recetas incluida); sigue con ínfulas de reportaje audiovisual a mayor gloria del “traicionado” ají y la uva de Concepción y los valles vitinícolas (cortesía de Bodegas Kholberg); y termina/inicia con una absurda historia de suspenso con trasfondo en la dictadura y la persecución de los siempre terribles/invisibles guerrilleros comunistas.
Lo inverosímil del relato (proveniente de las memorias de Miriam Daroca, la madre de la directora) raya en lo inaudito cuando la protagonista (Mercedes “Piti” Campos), una bloguera gastronómica que regresa al país para vender la casa de su tía-momia joven (supuestamente fallecida) no entabla conversación nunca con la susodicha. Y solo comparte el plano final, sin mediar palabra, tan solo una canción.
El guion regala otras perlas incomprensibles, una detrás de otra: todo el mundo en el pueblo conoce el blog de la “vecina” aunque ella no viva en el pago desde hace 25 años; el “malvado” capitán (interpretado por Cristian Mercado) “perdona” a la colaborada/cantante (Alejandra Lanza Lobo) a cambio de sexo; por supuesto la (no)escena sexual es mojigata a más no poder. ¿Por qué somos incapaces de rodar sexo?
Los contantes saltos en el tiempo a través de “flash-backs” (sin el necesario trabajo histórico de decorados, vestuario, ambientación, atrezzo) confunden, tanto o más que el propio texto. Los personajes son meras caricaturas: los buenos, muy buenos; y los malos, muy malos.
La actuación dispareja del elenco (conformado por la “crema y la nata” de nuestro plantel nacional ducho en el teatro, desde Mondaca hasta Lora); el abuso de una reiterativa banda sonora supuestamente minimalista con guitarra acústica omnipresente/cargosa (a cargo de Alejandro Rivas Cottle); los evidentes fallos de continuidad; los problemas de ritmo en el montaje; y el desconocimiento de herramientas básicas como el plano/contraplano (más viejas que el propio cine) lastran una película que intenta inscribirse en el género “feel good movie”: películas que se hacen supuestamente para hacernos sentir mejor.
En el risotto “pica pica” de la bloguera falta algo, falta sazón y sabor; como pasa en las telenovelas de la tarde, como pasa en “La casa del sur”.

