El texto avanza como una partitura: entre silencios y acordes, entre lo íntimo y lo trascendente, abriendo esa tensión entre lo cotidiano y lo histórico que convierte esta obra en una pieza de literatura viva. Vemos a la mujer detrás de la artista, aquella cuya mirada auténtica desde la poesía y la música se impuso desde siempre, como una creadora que se elevó en el contexto de una generación brillante para las letras de nuestro país; aquella que en estas páginas vemos desde un ángulo íntimo y sereno, a su ritmo, al ritmo elegido.
Los 22 capítulos del libro nos conducen desde la puerta verde de la casa familiar hasta los escenarios del mundo. Conocemos a Matilde como hija, sobrina, compañera y viajera; donde la vemos recibir su primera guitarra, esa Estrella a la que Matilde se refiere: “Estrella me esperas siempre en el umbral”; y luego la seguimos en sus viajes trashumantes, entre el amor, el exilio y la esperanza que se entrelazan con el contexto político de Bolivia.
La prosa de Micaela conserva siempre su pulso poético, porque no puede ser de otra manera: es una poeta escribiendo sobre una poeta. Así, la cotidianidad de Matilde —el jardín, el árbol, la familia, el sobrino— se convierten en materia artística; donde sus encuentros con figuras como Gil Imaná, Ernesto Cavour, Luis Rico, Ricardo Pérez Alcalá, Alfredo La Placa o Yolanda Bedregal, nos sitúan en el epicentro de una bohemia cultural que forjó parte del acervo que hoy reconocemos como patrimonio.
Por ello, un aspecto que merece especial mención es la impronta que guía la escritura elegida por la autora, donde la narración adquiere un pulso conmovedor que le otorga al relato una cadencia singular. El riesgo de un texto escrito con tanta musicalidad, es que podría entorpecer la lectura, pero ocurre lo contrario: Micaela logra una prosa fluida, de resonancia lírica, que envuelve y sumerge al lector en formas de evocación casi mágicas. El orden de los capítulos está cuidadosamente trazado: un juego delicioso con los títulos de las canciones y poemarios de Matilde, que al mismo tiempo nos conduce desde lo genealógico a los inicios íntimos, hacia su crecimiento artístico, su reconocimiento público y, finalmente, los premios que coronan su trayectoria. Este ritmo narrativo, entre la biografía y la poesía, permiten que la obra no solo informe, sino que también conmueva y transporte.
Pero el libro no se queda en la evocación sensible. Para quienes buscan datos rigurosos, fechas, discografía y presentaciones, el trabajo de Gonzalo Molina completa la obra con una investigación minuciosa que preserva la memoria musical de Matilde. Y aún más: el lector encontrará una selección de poemas, un cancionero esencial, archivos fotográficos inéditos, y hasta un QR que nos devuelve la voz de Matilde en un concierto de 1986.
En cada página late esa Rosa del tiempo, aquella que Micaela nos abstrae con palabras la mística de Matilde, como una poeta que “unifica aquello clandestino con lo excelso, lo más prístino con la simpleza más diminuta. Hace que lo convulso dialogue con la eternidad y que lo más esférico derrape hasta el vacío”.
Leer esta biografía es recorrer una vida, pero también es atravesar una sensibilidad que nos recuerda porqué Matilde sigue siendo raíz y voz del país. Y por eso quisiera detenerme en la pieza “De regreso”, una de las canciones más entrañables y que este libro nos invita a escuchar con un oído renovado. “De regreso” no es solamente una canción: es casi un segundo himno. En sus versos palpita esa nostalgia y esa fuerza con la que Matilde expresó lo que significa “volver a un país que nunca es cómodo, pero siempre es entrañable; un país que lucha, que duele y que convoca”. Para luego volver a su voz en una de tantas entrevistas, algo que no es casual, haciendo entrañable el paisaje que comprende Bolivia, quizás como un país que no es afortunado en muchos aspectos, pero es una país que lucha “(…) Podría conocer muchos lugares, pero indudablemente querría retornar. Hay algo que a uno le llama de un lugar, debe ser esa gran nostalgia ese amor al lugar donde están las raíces de uno”. Esa fidelidad al territorio y a la memoria colectiva es también el pulso de este libro.
Por otra parte, quisiera destacar un gesto importante: este libro es también un agradecimiento a la biografiada. Un homenaje que no viene de la distancia fría de la investigación, sino de la cercanía afectiva y de la confianza que la autora pudo tejer con Matilde y su familia. Esa confianza es la que vuelve transparentes las entrevistas, íntimos los recuerdos y cálidas las páginas. Es en ese cruce entre la sensibilidad poética de Micaela y la sensibilidad vital de Matilde, que recibimos como lectores no sólo información, sino una experiencia compartida de memoria, música y gratitud.
Gracias a Micaela y Matilde por abrirnos esta Puerta verde a la memoria, por permitirnos habitar un poco más cerca la intimidad de Matilde, y por recordarnos que la literatura y la música no solo narran la vida: también la preservan, la dignifican y la multiplican(Por: Daniela Peterito Salas).

