QAMASA Digital. – En el altiplano boliviano, a más de 3.700 metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Oruro se transforma cada año en un territorio de danza, música y devoción popular. El Carnaval de Oruro, reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, convoca a miles de bailarines y músicos que recorren kilómetros hasta el Santuario de la Virgen del Socavón. Pero reducirlo a postal turística sería desconocer su espesor histórico.
El carnaval orureño es una síntesis viva entre ritualidades andinas precoloniales y el calendario católico impuesto durante la conquista. Antes de ser carnaval, fue la fiesta de la Anata y celebraciones vinculadas a la Pachamama y a las deidades del mundo subterráneo. La colonia no borró esas matrices, las desplazó. La figura del “diablo” que hoy encabeza la Diablada dialoga con los espíritus protectores y con una cosmovisión donde el bien y el mal no operan en clave moral cristiana sino en equilibrio.
Esa trama festiva no se agota en Bolivia. En el norte argentino y en el sur peruano, las celebraciones de carnaval comparten matrices andinas similares. En Jujuy, Salta y en algunas comunidades en el conurbano bonaerense, la Diablada y la Morenada también desfilan como afirmación cultural y memoria territorial. Más que fronteras nacionales, lo que se percibe es una región histórica atravesada por pueblos indígenas y afrodescendientes que sostienen, con matices propios, una misma gramática ritual.
La Diablada, con sus máscaras brillantes y coreografías marciales, es quizás la expresión más conocida. Pero el carnaval es también Morenada, Caporales, Tinkus, Tobas. Cada danza condensa memorias sociales. La Morenada remite a la presencia afrodescendiente en el Alto Perú colonial, los Tinkus evocan combates rituales del norte de Potosí, los Tobas reponen imaginarios amazónicos. Se trata de relatos corporales que se actualizan año a año.
En Oruro, la fe y la fiesta no se oponen. Las comparsas bailan durante horas como promesa, como agradecimiento, como pedido. La peregrinación final al Socavón articula devoción católica con una espiritualidad andina que nunca dejó de latir. En ese cruce, el carnaval funciona como archivo popular.

