QAMASA Digital .- No alcanzó. Duele escribirlo, duele leerlo y duele aún más haberlo visto. Bolivia quedó a las puertas de la hazaña, golpeó la puerta del Mundial durante 99 minutos… pero nunca encontró la llave. Irak resistió, aguantó, y terminó llevándose el boleto en una noche que será recordada por la entrega, pero también por la frustración.
El equipo de Óscar Villegas jugó como se juegan estas finales: con el corazón en la mano y la dignidad intacta. Lo fue a buscar siempre, incluso cuando el partido se le puso cuesta arriba desde temprano. A los 9 minutos, un cabezazo de Ali Al-Hamadi silenció la ilusión y obligó a remar desde atrás. Era el peor escenario. Y, sin embargo, Bolivia no se rindió.
Con paciencia y rebeldía, la Verde empezó a construir su respuesta. Moisés Paniagua, otra vez él, volvió a vestirse de protagonista: control, perfil y definición limpia para el 1-1 que devolvía la vida. Bolivia se agrandaba. Empujaba. Creía. El cierre del primer tiempo fue un monólogo altiplánico, con Luis Haquín y Miguel Terceros merodeando el gol que no llegó por centímetros.
Pero el fútbol no entiende de merecimientos. Apenas iniciado el complemento, Irak golpeó otra vez. Aymen Hussein aprovechó una defensa estática y puso el 2-1 que sería definitivo. Un golpe seco, difícil de asimilar, pero no letal para el espíritu boliviano.
Desde entonces, el partido fue un asedio constante. Bolivia tuvo la pelota, buscó por las bandas, insistió con centros, probó desde media distancia. Fernando Nava se convirtió en bandera: desbordó, encaró, remató, generó peligro… pero siempre apareció Ahmed Basil para apagar el grito. O el palo. O la desesperación.
Irak, pragmático, se atrincheró con línea de cinco, cerró espacios y dejó que el reloj corriera. Bolivia, en cambio, peleó contra todo: el rival, el tiempo y la ansiedad. Los cambios buscaron aire fresco, pero el gol seguía negándose.
Los últimos minutos fueron un poema trágico. Nueve de adición, nueve minutos de fe. Centros, rebotes, córners, empujes. Macazaga por derecha, Nava por izquierda, Monteiro en el área. Todo Bolivia atacando. Todo un país empujando desde afuera.
Pero el fútbol, a veces cruel, decidió no conceder más.
El pitazo final cayó como un baldazo de realidad. Irak celebró el pasaje al Mundial. Bolivia, en cambio, se quedó con las manos vacías… pero con algo que no se negocia: el orgullo.
Porque estos muchachos lo dejaron todo. Porque hicieron creer a un país que durante 32 años esperó una noche así. Porque estuvieron cerca, tan cerca, que duele más.
Hoy Bolivia llora. Pero también aplaude.
///ACS///
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