Por: *Galia Ramos B. / PERIÓDICO QAMASA
Se observa con profunda preocupación cómo los lineamientos entre la devoción, la identidad y el mero espectáculo comercial se tornan cada vez más difusos en nuestro país. La reciente gala del «Mejor Traje Típico» del certamen Miss Bolivia 2026 no fue un homenaje cultural, sino un síntoma alarmante de descontextualización del conocimiento del patrimonio boliviano.

La presentación de la Señorita Cochabamba, caracterizada como la Virgen de Urkupiña y bailando la danza de los caporales con una réplica del Niño Jesús en brazos, cruzó una línea delicada, lo que intentó venderse como una apología de la bolivianidad terminó siendo un lamentable show mediático que instrumentaliza la fe colectiva para captar la atención de un jurado que probablemente desconoce la realidad cultural viva boliviana.

Como ciudadana y analista de nuestra realidad cultural, considero imperativo señalar el profundo error conceptual de esta puesta en escena. Desde las ciencias sociales, entiendo que un traje típico o tradicional es un textil de identidad civil, que representa la historia, la geografía y el diario vivir de un pueblo a través de prendas cotidianas como la pollera, la manta o el sombrero valluno.
En contraste, el manto y corona de una advocación mariana es un ornamento litúrgico de carácter sagrado. Confundir la vestimenta de una imagen de culto con la indumentaria folclórica de una población no solo es un error antropológico, sino una falta de respeto a los miles de feligreses que ven en Urkupiña el núcleo de su espiritualidad regional, más aún que actualmente se está trabajando para que esta Festividad sea Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Esta ligereza estética e institucional encuentra un freno directo en el marco jurídico que defiendo y que rige a nuestro país. El Artículo 99 de la Constitución Política del Estado determina que el patrimonio cultural del pueblo boliviano es inalienable e imprescriptible, obligando a su protección. Asimismo, la Ley Nº 530 del Patrimonio Cultural Boliviano estipula que este patrimonio inmaterial pertenece colectivamente al grupo social que lo genera. Al mercantilizar y alterar el significado de una deidad sagrada en una pasarela competitiva e industrializada, sin consulta ni respeto comunitario, se vulneran directamente los principios de salvaguardia previstos por la ley. El patrimonio no es una propiedad privada ni una utilería de libre disponibilidad para el modelaje.
Me alarma constatar que el fenómeno del «fetichismo de la mercancía cultural» avance sin frenos en las plataformas de masas. Bolivia posee una simbiosis religiosa y cultural tan rica y rigurosa que ha sido inscrita por la Unesco en la Lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad a través del Carnaval de Oruro o la Festividad del Gran Poder y otros.
Sin embargo, estos títulos internacionales se otorgaron para proteger la mística originaria y el sincretismo andino-católico de los rituales, no para justificar su banalización. Sostener al Niño Jesús como un accesorio de baile en un concurso de belleza vacía al rito de su densidad histórica y hiere la sensibilidad de las comunidades que custodian estas devociones tradicionales.
Frente a este preocupante escenario, planteo que el problema de fondo es una alarmante carencia de educación patrimonial y alfabetización cultural en nuestro sistema educativo, más aún en la preparación para estas mujeres que van a estos eventos y en nuestros medios de comunicación. Si las nuevas generaciones y los creadores visuales no aprenden a diferenciar entre lo que es un traje folklórico y lo que es el arte sacro, seguiremos presenciando la distorsión de nuestros bienes inmateriales en nombre de la modernidad. Urge una formación crítica que enseñe a valorar nuestros símbolos desde el respeto a sus contextos originarios, impidiendo que la espectacularización devore la memoria viva de nuestros pueblos.
Finalmente, hago un llamado de atención a las empresas organizadoras de certámenes de belleza y a los diseñadores de moda para que implementen lineamientos éticos estrictos que regulen las temáticas de los trajes típicos a diferencia de la alegoría. El gran error de los organizadores de eventos es tratar un traje típico como si fuera un traje alegórico. Al hacerlo, despojan a la vestimenta de su carga sagrada e histórica para convertirla en un simple disfraz colorido de pasarela, consumando así la «depredación» del patrimonio.
No se trata de censurar la creatividad ni de congelar nuestras tradiciones en el tiempo; el arte siempre es y será libre de evolucionar. El verdadero peligro radica en la apropiación indebida y en la distorsión cultural de lo sagrado. Cuando los organizadores de eventos y diseñadores despojan a nuestras danzas y trajes de su raíz ritual para adaptarlas a las exigencias de un desfile de modas, cometen un grave error de fondo: confunden la innovación artística con la desacralizacion de la memoria histórica.
A esta preocupante realidad se suma que el mal uso de los trajes folklóricos y su distorsión sistemática no solo devalúan su significado interno, sino que se convierten en el argumento perfecto y el motivo principal para el plagio y la apropiación externa de las danzas y el folklore boliviano por parte de terceros países.
Al desvincular los trajes folklóricos y el uso de textiles de su raíz histórica y presentarla como un mero disfraz de libre modificación, dejamos desprotegidas nuestras expresiones culturales ante la mirada internacional, facilitando que otros países se apropien indebidamente de lo que nos pertenece colectivamente.
Nuestra identidad, la memoria de nuestros ancestros y nuestra fe colectiva valen mucho más que los minutos de rating de una pasarela o los «likes» en una red social. Al transformar un traje típico —cargado de simbología comunitaria y devoción religiosa— en un simple traje alegórico de fantasía, se cruza la frontera de lo éticamente permitido. Esta falta de límites del conocimiento y normativas reduce el sacrificio del devoto y el saber del maestro artesano a una mera mercancía visual de consumo rápido.
Si no defendemos la integridad y autenticidad de nuestras culturas vivas frente a la superficialidad del espectáculo, corremos el riesgo de cometer un etnocidio estético, convirtiendo nuestro patrimonio más sagrado en un simple producto desechable de consumo masivo. Salvaguardar el patrimonio boliviano no es un acto de intolerancia; es una obligación legal y moral para evitar que el mercado destruya la esencia espiritual que nos define la identidad como pueblo
*Sociologa, Directora del Periódico Qamasa Gestora Cultural con trabajos y estudio en Patrimonio Cultural Boliviano.

